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Testimonios

Carta de despedida de los seminaristas a la Congregación

Cuando recibieron el aviso de que esa misma noche (13 de agosto) serían fusilados los seminaristas que quedaban en el salón, Faustino Pérez redactó esta carta en nombre de todos. Los demás la firmaron, añadiendo cada uno su último deseo espiritual. Está escrita en unos envoltorios de tabletas de chocolate. Los dos estudiantes argentinos se la llevaron consigo oculta entre su ropa personal. «Querida Congregación: Anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, seis de nuestros hermanos; hoy, trece, han alcanzado la palma de la victoria 20, y mañana, catorce, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y heroicos se están portando tus hijos. Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto. Cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar y ponernos en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada: cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica, y a ti, Madre común de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que yo inicie los ¡vivas! y que ellos ya responderán. Yo gritaré con todas la fuerza de mis pulmones, y en nuestros clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos, pues te llevamos en nuestros recuerdos hasta estas regiones de dolor y muerte.

Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayo ni pesares: morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, Mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolores y angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los Mártires de mañana, catorce, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción. ¡Y qué recuerdo éste! Morimos por llevar la sotana y moriremos precisamente el mismo día en que nos impusieron.
Los Mártires de Barbastro, y en nombre de todos, el último y más indigno
Faustino Pérez. C. M. F.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós, adiós!

Dos testigos excepcionales

Atilio-Cecilio Parussini Sof, natural de Rosario, Santa Fe, Argentina. Edad: 22 años.
Pablo Hall Fritz, natural de Cuatraché, Pampa, Argentina. Edad: 25 años.

Estos dos jóvenes seminaristas claretianos habían llegado a Barbastro, procedentes de Cervera (Lérida), el día 1 de julio de 1936, formando parte del grupo de 30 estudiantes.

Fueron encarcelados con los demás a pesar de haber manifestado su condición de extranjeros. Vivieron las mismas penalidades que sus compañeros. En la madrugada del día 13 de agosto fueron sacados del salón y conducidos a la estación del tren, con destino a Barcelona. Tras muchas horas de tensa espera en la ciudad condal, les dieron un salvoconducto para embarcar en la nave que los llevó hasta Italia y Roma.

Una vez que se instalaron en la casa de los claretianos de Roma, fueron vertiendo, de palabra y por escrito, los recuerdos vividos en Barbastro. Exponen con gran serenidad el discurrir de aquellos trágicos acontecimientos, así como la actitud suya y de sus compañeros ante la muerte por fidelidad a Cristo.

Ellos estaban convencidos de que correrían la misma suerte que sus compañeros mártires de los días 2, 12 y 13 de agosto. Pero, al serles comunicada la inminente liberación en la madrugada del día 13, se apresuraron a recoger el testimonio de los veinte compañeros que quedaban en salón, para poderlo presentar al Padre General cuando llegasen a Roma. La hondura espiritual y la valentía que manifiestan esos 20 jóvenes seminaristas a punto de ser martirizados, sólo es entendible suponiendo una gracia especial de Dios sobre ellos. Sirvan de muestra una carta de Atilio Parussini a sus padres, escrita a los pocos días de llegar a Roma, y un fragmento de la declaración jurada de Pablo Hall sobre los acontecimientos vividos en Barbastro junto a sus compañeros.

CARTA DE ATILIO PARUSSINI A SU FAMILIA:

¡Viva Cristo Rey!
Frascati, 29 de Septiembre de 1936
Mis queridos padres y hermanos:
Supongo que ya habrán recibido mi carta anterior que les escribí desde Roma. ¿Quién iba a pensar que algún día yo vendría a Italia? Yo que siempre había soñado en Italia, yo que tanto había leído y hablado de la patria de mis genitores: la carísima Italia, emporio de las ciencias y de las artes, centro del catolicismo. Aún me parece un sueño, pero es la más pura realidad: yo considero la venida a Italia como una gracia especial de nuestro Señor.

Como les decía en mi anterior, el día 1º de julio, con otros treinta compañeros míos pasaba de Cervera a Barbastro; el viaje fue en tren y muy divertido; salimos a las 12 y llegamos a las 7’30 de la tarde; el trayecto es muy variado.

Nuestra casa es algo antigua; la iglesia adjunta dicen que es la primera de Europa y la segunda del mundo, levantada desde la primera piedra al Inmaculado Corazón de María; la edificaron los Hermanos de nuestra Congregación. Es muy bonita. Pues allí estábamos nosotros tranquilos y muy contentos, a punto para empezar el 5º año de teología. El día 13 de julio sucedió el infame asesinato del líder católico monárquico Calvo Sotelo; el 17 empezó el levantamiento nacional contra los comunistas; si los buenos tardan tres días más, el gobierno deshace el ejército y hunde a España en el más horrendo comunismo. El 18 los comunistas de Barbastro empezaron a armarse; en la ciudad hay un cuartel llamado “Cuartel General Ricardos”; casi todos los oficiales son católicos, y algunos muy amigos nuestros; el Coronel (que tiene el mando supremo), católico y amigo nuestro, nos aseguraba que no tuviéramos miedo, que tenía la tropa acuartelada y que no se derramaría una gota de sangre; a los pocos días de la revolución, todo el cuartel se echaba por los comunistas.

El día 20 de julio, a las 5 de la tarde, se presentaron en casa unos 60 hombres armados, nos hacen bajar al patio, nos ponen en fila y mientras los paisanos revisan la casa, dos carabineros nos cachean y uno del Comité revolucionario va tomando nuestros nombres; acabado el cacheo de personas y la requisa de la casa, nos querían matar allí mismo; y se armó un bochinche: unos decían que no y otros que sí, mientras algunos nos apuntaban con sus pistolas; un estudiante se desmayó; gracias a Dios vino uno del Comité, que calmó los ánimos un poco y logró a fuerza de gritos que los comunistas salieran a la calle; pero seguían gritando que dejáramos la casa, porque si no esa misma noche la quemarían y a nosotros con ella; entonces el joven del Comité nos dijo que nos llevaría al colegio de los Padres Escolapios para mayor seguridad; en un momento-relámpago dos padres fueron a buscar los dos copones, y allí mismo en el patio comulgamos unas 10 hostias cada uno; éramos 60 individuos: (9 padres, 34 estudiantes teólogos de 5º año, y 12 hermanos coadjutores); luego, de tres en tres y rodeados por comunistas armados hasta los dientes, nos condujeron a los Escolapios; la calle estaba llena de gente; una vez llegados al citado colegio nos metieron en el salón de actos; estábamos cazados como conejos; allí nos encerraron, estábamos sencillamente “encarcelados”.

Este salón de actos da a la pequeña plaza del Ayuntamiento (municipalidad) y las ventanas están bajas; de modo que la gente nos veía; al principio hacían de guardia simples paisanos y dejaban entrar en el salón, y así desde fuera y desde dentro nos insultaban, nos amenazaban con armas, blasfemaban y hablaban puercamente; hablábamos muy bajito; dormíamos en algunos bancos y en el escenario; ni dormir nos dejaban aquellas terribles fieras humanas; nos quitaron hasta los alfileres y cortaplumas; no teníamos libros para pasar el tiempo; comulgamos varios días a escondidas, entre los bastidores; rezábamos muchas partes del rosario en particular y en grupitos; no podíamos hablar con ninguno de afuera; algunos guardias ni nos dejaban mover. Comíamos poco, pero lo suficiente, gracias al padre rector de los Escolapios y al que nos hacía la comida, que era un hermano nuestro, al que llamaban “obrero explotado”.

Todos los días, mañana y noche, puestos en dos filas nos contaban, y revisaban el salón, fusil en mano. Afuera mucho desorden, la bandera comunista por todas partes, hasta los perros llevaban su lazo. Más de cuatro veces recibimos la absolución, creyendo que la muerte ya se nos echaba encima; un día estuvimos casi una hora quietos, sin movernos, esperando de un momento a otro la descarga. ¡Qué terrible! Es cuando más se sufre; entonces cada minuto se hace interminable y uno desea que descarguen de una vez, para no sufrir tan cruel agonía, que no acaba más que con una blasfemia o una risotada sarcástica y burlona de los feroces guardias rojos.

Casi cada día había algunos que nos decían: “esta noche… mañana… os pasaremos por las armas”. Nos llamaban asesinos, traidores… que nos iban a matar para que cumpliéramos los santos votos, porque llevábamos sotana; que dejásemos la sotana y no nos matarían; que fuéramos a luchar contra los fascistas…, etc., y otras mil injurias y porquerías, que sólo se conciben en boca de un endemoniado; y ésta, digo, era la canción de cada día.

El día 29 (cuando nos tomaron presos) y dos veces en la cárcel yo manifesté mi condición de extranjero, lo mismo que el Sr. Pablo Hall (también argentino y condiscípulo mío); pero no hicieron caso; es más, uno del Comité comunista (¡un mocosuelo de 21 años!) me dijo que era imposible nuestra liberación, que ellos no podían responder de los disparates que hicieran las “columnas” (de soldados y paisanos que iban a luchar contra Huesca y Zaragoza) que venían de Cataluña; otro del Comité (también joven) me dijo muy fríamente:
- ¡Hay que resignarse a dejar esta vida!
Conclusión: que yo desde aquellos instantes no me hice ilusiones; ya estaba seguro de que seguiría la misma suerte de mis hermanos, con que ¡a prepararse para caer como valiente soldado de Cristo!
Cierto día nos dijeron que:
- Esta era la última comida que tomaremos.
Entonces, oída la feliz nueva, busqué un trozo de papel y escribí unas líneas de despedida a todos ustedes y a la Congregación; aún me acuerdo de cómo empezaba:
- ¡Viva Cristo Rey! Adiós queridos padres y hermanos, no lloréis; me voy al cielo; no lloréis, muero mártir… ¡Jesús mío, os ofrezco mi vida por la remisión de mis pecados, por los que me persiguen, por la Congregación… ¡ Jesús mío, Madre mía, dadme constancia, resignación, perseverancia… Mis queridos padres y hermanos, alegraos, no lloréis… tenéis un hijo, un hermano mártir que rogará por vosotros en el cielo… Y otras frases que ahora no me acuerdo. Aún me parece que estoy allí en un rincón del salón, escribiendo estas palabras de eterna despedida apoyado en el piano, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón palpitando de emoción. Luego entregué el papel a un muchacho (amigo nuestro y cocinero de los escolapios), llamado José, encargándole que una vez que me fusilasen y España ya estuviera en paz se lo enviase a Uds. ¡Tan seguro estaba de la muerte!

El día 2 de agosto fusilaron a 3 de nuestros padres; el 12 del mismo mes, de repente, se presentó en el salón un buen grupo de gente armada, a media noche; nos levantamos sobresaltados; uno de los rojos llamó a los seis más viejos, total cuatro padres, un estudiante y un hermano; el más joven de los seis tenía 26 años. Allí mismo, en nuestra presencia los ataron, primero los brazos atrás y luego de dos en dos; los sacaron del salón en medio de fusiles; los subieron a un camión, y al cementerio; allí los colocaron de espaldas a la fosa; luego una descarga cerrada de fusilería, y los seis claretianos coronan en el cielo sus frentes con la palma del martirio. ¡Honor a ellos! Nosotros nos quedamos en el salón terriblemente impresionados, sin poder conciliar el sueño; yo rezaba con otros en un rincón del escenario; nos preparábamos para el sacrificio inminente de nuestras vidas.

Ese mismo día, a las 7 de la mañana, se presentó en el salón uno del Comité, con varios pistoleros; nos coloca en dos filas y va tomando los nombres de todos. ¡Era la lista negra! A los dos extranjeros nos tomó otros datos; todo el día fue de preparación inmediata para la muerte. Como he dicho, es el día 13. A las 3 de la mañana se presentan en el salón muchos comunistas; nos mandan levantar, encienden todas las luces, se distribuyen por todos los rincones y uno de ellos va llamando en voz alta a las víctimas, según la lista hecha; son 20: 1 padre y 19 estudiantes; ninguno pasaba de los 25 años.

Bajando del escenario, se colocan en fila junto a la pared; todos ellos tranquilos, alegres, resignados…; aquellos rostros tenían en aquel momento algo de sobrenatural que no es posible describir; algunos a escondidas besaban las cuerdas; una vez atados los sacaban del salón; un guardia rojo dice palabras burlonas y groseras a uno de los que quedábamos; el estudiante le responde:

- Yo le perdono de todo corazón; que se haga la voluntad de Dios. El comunista sonríe satánicamente y le anuncia: - Mañana mataremos a los que quedan.

El único padre que restaba, muy disimuladamente da la absolución a los inocentes reos; yo por una ventana vi cómo los subían al camión; al arrancar éste gritaron con mucha valentía: ¡Viva Cristo Rey! Los comunista gritaban rabiosos: “¡mueran, mueran!” y salieron corriendo tras el camión hacia el cementerio, A la una menos veinte minutos sonó una fuerte descarga, luego tiros sueltos; mis queridísimos 20 compañeros entraban en el cielo a recibir la corona inmortal del martirio.

A las dos se presentaba en el salón uno del Comité y llama a los dos extranjeros; enseguida en un rincón del escenario recibimos la absolución, pensando que a lo mejor nos llevaban a fusilar aparte; bajamos, nos presentamos a los del Comité, quien nos dijo que estuviésemos preparados porque a las dos volverían a buscarnos para llevarnos en un auto a Barcelona, y que nos quitáramos ese trapa (se refería a la sotana); a las dos y media viene de nuevo a decirnos que en auto no puede ser, que iremos en tren a las cinco. El tiempo que quedaba en la cárcel lo empleamos en rezar y en despedirnos de los 20 hermanos nuestros que allí quedarían para el sacrificio; con lágrimas en los ojos, y con mucha envidia, con amor y respeto besamos aquellas manos y aquellas frentes que pronto serían premiadas con la más rica diadema del mundo: el martirio.

A las seis subimos al tren; los extranjeros éramos cuatro: los dos argentinos, el R. P. Eusebio Ferrer, rector de los Escolapios, que, aunque nacido en Barcelona tenía ciudadanía argentina, y un hermano benedictino francés; nos acompañaban tres del Comité de guerra; allí nos metieron en un cuarto, y sentados en un banquillo bien custodiados por rojos y sin comer, estuvimos 5 horas; 5 horas terribles fueron aquellas, porque creíamos que ya nos iban a fusilar; al fin a las 7’30 de la tarde, después de larga disputa entre los del Comité (unos querían fusilarnos y otros no), venció el buen sentido, y en dos autos, con mucho alarde de fusiles nos llevaron al Consulado argentino. El Cónsul en su mismo auto nos llevó a una pensión.

Los cuatro días que allí estuvimos los empleamos en preparar el viaje en el Consulado y descansar; el padre rector gastó 60 pesetas en comprarnos ropa, pues estábamos hechos unos “linyeras”.

Por fin, el día 18 nos embarcamos en el buque alemán “Monte Sarmiento”; el 20 llegamos a Génova; no tuvimos tiempo de ver nada; el 21, a las 7 de la mañana, en la casa de nuestro Gobierno General, Roma; allí estuvimos una semana; visitamos las cuatro Basílicas más famosas del mundo: Vaticano, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor, y otras iglesias importantes; en todas recé por ustedes; vimos también los Museos Vaticanos, monumentos antiguos y modernos… etc.; me quedé marcado por tanta belleza y sublimidad.

El 2 de septiembre, ya con sotana, vine a este colegio de Frascati; y dentro de unos días iremos definitivamente a Albano. Ya les escribiré sobre Roma, Frascati, Albano, etc. Dunque addio, a rivederci! Salutti a tutti. Attilio Parussini, C. M. F.

UN FRAGMENTO DE LA RELACIÓN JURADA DE PABLO HALL:

Cuenta las últimas horas que pasó con sus compañeros en el salón-cárcel antes de ser conducido a la estación del tren, con destino a Barcelona.

Minutos después, a la una menos veinte en punto de la mañana del día 13, oímos perfectamente las detonaciones de la fusilería y de los revólveres, pero estamos confiadísimos que les abrieron las puertas del cielo.

Algunos comunistas, antes de salir de la cárcel, nos volvieron a decir a los extranjeros, que a nosotros no nos harían nada, y nos pondrían en libertad.

A los 21 hermanos nuestros que quedaban aún en la cárcel les dijeron, con infernal malicia, antes de sacar a los 20 dichos: - Vosotros tenéis todavía un día entero para comer, bailar y hacer todo lo que queráis, aprovechadlo bien, que mañana, a esta misma hora, vendremos a buscaros, como a esos (señalando a los que ya estaban atados) y os daremos un paseíto a la fresca, hasta el cementerio; y ahora a apagar las luces y a dormir.

Todos estábamos rezando por nuestros hermanos, pidiendo para todos el don de la santa perseverancia hasta el fin, como lo habíamos hecho en la noche anterior. Hubo dos que comenzaron una parte de santo rosario, meditando los misterios de dolor, y al oír los disparos, anunciaron los misterios de gloria. Otro llegó a rezar veinte veces el “Magnificat”, antes de las descargas de los fusiles; rezando un “Magnificat” por cada hermano que iba a ser fusilado.

Poco después de una hora, vinieron unos comunistas a avisar a los extranjeros, que estuviesen preparados, que después de las dos vendrían a buscarnos en auto y nos llevarían a Barcelona. Aprovechamos el tiempo que nos quedaba para cruzar las últimas impresiones con los que quedaban en la cárcel. Estábamos todos emocionadísimos, pero ellos estaban todos muy animados, con el ejemplo de los anteriores, y nos aseguraron que irían todo el camino cantando y dando ¡Vivas!, a ¡Cristo Rey!, al Corazón de María, a la religión católica y al Papa. Nos dijeron cantarían el “Jesús, ya sabes…”; y el “Firme la voz, serena la mirada…” que sotto voce habíamos cantado y repetido en la cárcel.

Y antes de poner fin a esta breve relación, voy a trasladar aquí algunos dichos y hechos de algunos individuos en particular. Los señores Esteban Casadevall, Teodoro Ruiz, Ramón Novich, José Amorós y otros del mismo curso, encargaron recordásemos al muy reverendo padre Ramón Ribera (que había sido su Maestro de novicios) que aquel Padre-Nuestro que habían rezado en un paseo, para que todos llegasen a ser mártires, iba a producir su efecto, aunque algunos en aquel entonces lo habían rezado con poco fervor para ese fin.

El señor Faustino Pérez dijo que pediría la palabra en el cementerio, para hablar a los verdugos y demás circundantes.

El señor Ramón Novich me dijo pocas horas antes de ser fusilado: - que en los ejercicios espirituales de fines de agosto de 1935 (terminados el día de su santo patrón) había pedido a Santa Teresita del Niño Jesús la gracia de llegar a morir mártir, o sufriendo mucho de parte de los enemigos de la religión católica, y que se había atrevido a pedirle una prueba que consistiese en sufrir ya algo extraordinario antes de terminar la carrera; y añadió: esta prueba me vino a los dos días; era un sufrimiento moral que me hizo sufrir mucho y me duró una semana larga; estaba subjetivamente cierto que aquello era la prueba que había pedido. Antes de un año (pues faltaban todavía unos días), se va a cumplir también la gracia pedida. Efectivamente, el día 13 de agosto de 1936, a la una menos veinte minutos de la mañana, le fusilaban los enemigos de la religión católica.

El señor Rafael Briega dijo: - Hágale saber al reverendo padre José Fogued que, ya que no puedo ir a China, como siempre lo había deseado, ofrezco gustoso mi sangre por las misiones de China, y que desde el cielo rogaré por ellas.

El señor Faustino Pérez: - Dígale al reverendísimo padre General que yo seré el capitán de la última expedición, y que iré animándolos a todos, y que iremos todo el trayecto cantando y dando ¡Vivas!

El reverendo padre Pavón y el señor Juan Sánchez: - Digan al reverendísimo padre General que el día en que se anuncie a la comunidad nuestro fusilamiento levanten el silencio en el refectorio y hagan fiesta.

Los señores Ramón Novich, José Amorós, Javier Luis Bandrés, Miguel Massip y algún otro: - Ya que no podemos ejercer el sagrado ministerio en la tierra, trabajando por la conversión de los pecadores, haremos como santa Teresita del Niño Jesús. Pasaremos nuestro cielo haciendo bien en la tierra.

El día 12 al anochecer, el señor Esteban Casadevall y el que suscribe nos rezamos la oración a Cristo Rey y la recomendación del alma, sirviéndonos para ello del breviario. Después de la cena, que ese día terminamos antes de las ocho, el señor Casadevall se confesó por última vez con el padre Secundino María Ortega. Después de la confesión nos sentamos los dos juntos para rezar el último rosario entero, el último “Vía Crucis”, la última coronilla de las doce estrellas. Le di a besar el crucifijo de nuestro Beato Padre Fundador, porque él no lo tenía, para ganar la indulgencia plenaria “in articulo mortis”, y rezamos las jaculatorias: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, expire en vuestros brazos y en paz con vos el alma mía”; y nos repetimos varias veces esta otra:
    Oh Jesús, yo sin medida
    Te quisiera siempre amar.
    ¡Cuán feliz yo, si la vida
    por tu amor pudiera dar!
Él estaba muy tranquilo, animado y contento. Hablamos largamente los dos, despidiéndonos para la eternidad. Después le dije:

- Déme el consuelo, señor Casadevall, de recoger sus últimas palabras.

- Bien, me contestó. Por complacerle, lo haré gustoso. Muero contento. Me tengo por feliz como los Apóstoles, porque el Señor ha permitido que pueda sufrir algo por su amor antes de morir. Espero confiadamente que Jesús y el Corazón de María me llevarán pronto al cielo. Perdono de todo corazón a los que nos injurian, persiguen y quieren matarnos, y puedo decir con Jesucristo, moribundo en la cruz, al Eterno Padre: Padre, perdónalos, porque realmente no saben lo que hacen; los ciegan sus dirigentes y el odio que nos tienen. Si supieran lo que hacen, ciertamente no lo harían. Ya hemos rogado todos por su conversión todos los días, al menos nosotros dos. Yo les tengo verdadera compasión y desde el cielo espero conseguir que Dios Nuestro Señor les abra los ojos para que vean la verdad de las cosas y se conviertan Francamente, no tengo ninguna dificultad en perdonarles ¡Si supieran que me están haciendo el mayor bien, a pesar del odio que me tienen!

En fin, si Ud. logra ir a Roma, cuéntele al reverendísimo Padre General todo lo que sabe de nosotros; déle un abrazo que le doy a Ud., por no poder dárselo personalmente a él. Dígale que voy a morir contento en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María; que espero confiadamente el cumplimiento de la promesa que la santísima Virgen hizo a favor de los que mueren en la Congregación. Dígale también que esta misma tarde hice la profesión perpetua en manos del reverendo padre Secundino María Ortega. Ofrezco gustoso mi sangre por el reinado del sagrado Corazón de Jesús en España, y de una manera especial por el reinado del Inmaculado Corazón de María en todo el mundo, y no descansaré en el cielo hasta haber conseguido este reinado del Corazón Virginal en todas las naciones de la tierra. Para trabajar en la tierra por conseguirlo me había propuesto escribir un libro con dicho fin, pero no había logrado todavía más que el plan… Nos despedimos, y entonces fue cuando por primera vez rompió a llorar…, pero reaccionó bien pronto, y haciendo un pequeño esfuerzo dijo:

- Pues no he de llorar.

Y sacó el pañuelo, se enjugó las lágrimas, se puso a pasear un poco por el salón y fue a recostarse sobre una tabla para descansar un poco, aguardando con serenidad la llegada de los verdugos.

No habían pasado aún dos horas, cuando se presentaron los comunistas que los iban a fusilar. Eran las doce. Leyeron la lista de las veinte víctimas. El señor Esteban Casadevall estaba entre los primeros de la lista y fue atado por el brazo con el señor Antolín Calvo. Me dirigió una mirada tranquila dándome el último ¡Adiós!, y dejándome transido el corazón de pena y dolor y de santa envidia de su suerte. A la una menos veinte minutos de la mañana del día 13 de agosto de 1936, entregaba su alma al Creador, fusilado por los enemigos de Dios y de la Santa Iglesia católica, y enemigos de su santa librea: la sotana.

Terminaré esta sencilla relación con la lista de nuestros hermanos que quedaban en la cárcel, para ser fusilados en la noche siguiente, 14 de agosto, como tristemente parece haber acaecido. La lista es como sigue:

Reverendo padre Luis Masferrer; señores José María Blasco, Alfonso Sorribes, José Badía, José Figuero, Ramón Illa, Eduardo Ripoll, Jesús Agustín Viela, Francisco Roura, José Amorós, Juan Baixeras, Rafael Briega, Luis Escalé, Luis Lladó, Miguel Massip, Faustino Pérez, Sebastián Riera, José Ros y Hermanos Francisco Castán, Manuel Martínez Jarauta, Ramón Vall.

El hermano Ramón Vall nos había dicho que si a él lo dejaban solo sin fusilarle, considerándole simplemente como cocinero del convento de los fusilados, les probaría a los comunistas que no sólo era cocinero de los frailes, sino también fraile, como los demás, para ser participante de su suerte. No tuvo necesidad de ello, pues el día 12 por la mañana, estando en la cocina, le llamaron expresamente para ponerle en la lista de los que iban a fusilar el día 14; y al repetirme que a mí me librarían, me dijeron, refiriéndose al hermano Vall: éste, en cambio, también la pagará.

El señor Juan Baixeras con un grupo regular me encargaron decir al reverendísimo Padre General que se alegrase de tener en la Congregación, cuyos destinos rige, hijos que a ejemplo de su santo Fundador saben arrostrarlo todo, hasta la misma muerte, estimulados por su sublime ideal.

A los extranjeros nos sacaron de la cárcel el día 13 a las cinco y media de la mañana para llevarnos a Barcelona, donde, después de cinco horas de mortal agonía, pasadas en el Comité de guerra, nos dieron libertad.

Pongo a Dios por testigo de que creo haber dicho la verdad en cuanto llevo escrito en esta relación, que firmo al final y al través de todas las páginas.

Testigo presencial: Pablo Hall, C. M. F.

Roma, Agosto de 1936

Declaración del soldado Andrés Carrera, “seminarista clandestino”

Un soldado que hizo guardia a la puerta del salón-cárcel de los seminaristas claretianos era un “seminarista diocesano clandestino”, natural de Sariñena (Huesca), llamado Andrés Carrera. Habiendo sido incorporado al ejército, llegó al cuartel “General Ricardos” de Barbastro el día 1 de agosto, y estuvo en la ciudad hasta el final de ese mes. Le tocó hacer guardia a los seminaristas claretianos durante dos días, y quedó profundamente conmovido:

«Tuve que hacer dos días de guardia en el salón de los Escolapios, donde estaban los misioneros claretianos, en la primera quincena de agosto.

Era admirable la actitud serena que todos manifestaban. Aquella paz me impresionó mucho, en aquellos momentos en que me sentía moralmente aplastado, porque mi padre estaba preso en la cárcel de Sena y a mí me buscaban. Al verlos con aquel coraje me entraba como una bocanada de aliento y una santa emulación.

Siempre que podía, miraba por la cerradura de la puerta para observarlos, y su ejemplo me reconfortaba. Nadie se puede imaginar el terror que se vivía en Barbastro aquellos días… Los milicianos se asomaban por las ventanas; encañonaban a los claretianos con sus fusiles, entre amenazas de muerte. Los misioneros permanecían impávidos, tranquilos… Algunas mujeres –lo recuerdo muy bien- se metían con un estudiante y lo llenaban de piropos, sobre todo desde la primera ventana que daba más cerca del escenario del salón. ¡Qué cosas!

Una de las mujeres era muy guapa.

Estaban en pequeños grupos. Por el rumor que se percibía, se convencía uno de que rezaban el rosario. Uno dirigía y los otros contestaban. Después de rezar paseaban tranquilos, de tres en tres.

Varias veces tuve que ahuyentar a los que querían asomarse por la puerta para injuriarlos y reírse de ellos. Ellos me levantaron el ánimo, con su paz y su serenidad; y me afianzaron en mi vocación de sacerdote. Es el recuerdo más hermoso de mi vida. Yo tenía que cambiar de pensión cada día, porque me di cuenta de que una de las mujeres, al verme, sospechó, no sé por qué, que yo debía ser seminarista.

Por las noches me revolvía en la cama con gran inquietud. Me parecía seguir viendo a los claretianos, y que me invitaban a quedarme con ellos, preso también por la fe y por la vocación.

Dudaba si seguir escapándome o unirme con ellos.

Por mártires y santos los tengo. Todos los días de mi vida sacerdotal me he encomendado a ellos. Los invoco y me ayudan». Este seminarista logró salvar su vida, fue ordenado sacerdote y desempeñó su ministerio en la diócesis de Zaragoza. La última parroquia que regentó fue la de Torres de Berrellén, a escasos kilómetros de la ciudad de Zaragoza.

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